Tan rápido... todo pasa rápido. Tan rápido como cuando uno observa el paisaje a través de la ventana de un tren en marcha y sólo es capaz de ver imágenes borrosas, apenas reconocibles a la vista. Tal que así nos pasan desapercibidos numerosos placeres de la vida.
Actualmente muchos nos vemos atados a nuestra apretada agenda, las responsabilidades nos llaman a todas horas, sin darnos un minuto para respirar. A penas nos hemos sentado a tomar un respiro, que una nueva responsabilidad ha llegado para que nos hagamos cargo de ella. Y cuando llega el final del día nos acostamos con la sensación del deber cumplido. Hemos llevado a buen término todas y cada una de las actividades que nos habíamos propuesto para el día. Excepto que en incontables ocasiones nos olvidamos de prestar verdadera atención a esas actividades. O simplemente, prestar atención a la vida. Vamos tan rápido y queremos abarcar tanto, que nos perdemos cosas maravillosas.
El plácido silencio al despertar por la mañana.
Una flor que crece en la brecha del asfalto.
Las estrellas del firmamento asomando tímidamente entre las nubes.
Cada uno de los distintos instrumentos de esa canción que suena en la frutería.
El aroma de la comida justo antes de llevarnos la primera cucharada a la boca.
El vaivén de las motas de polvo flotando a través de la luz del sol.
La amabilidad desconsiderada entre extraños.
Las ondas en el agua tras el paso de un barco.
El vuelo de ese pájaro que se llevó la miga de pan que cayó al suelo.
El sonido de la madera que se quema en la chimenea.
Sin darnos cuenta, nuestro tren va tan rápido que no somos capaces de disfrutar del paisaje. Así que cuando tengamos oportunidad, y éste se detenga por un momento, tomémonos un momento para sentarnos, y simplemente observar detenidamente a través de la ventana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario