Da la impresión de que es esencial hacer consciente a la persona de la mortalidad del animal, y de que su esperanza de vida es mucho más corta que la nuestra. Es decir, que vamos a tener que sufrir su muerte.
Qué más dará cuánto tiempo viva, ni tan siquiera sabemos cuánto vamos a vivir nosotros mismos. Es posible que ellos nos sobrevivan, nosotros tampoco somos inmortales, así que... qué más darán todas esas patrañas. Lo importante es que son uno más de la familia. Y esté el tiempo que esté, lo vamos a querer incondicionalmente
No obstante, no es este el punto al que quería llegar realmente, ya que esa sencilla pregunta nos conduce a algo mucho más profundo. No consiste tan solo en considerar el tiempo que va a vivir, si no el tiempo que va a estar en nuestras vidas.
Tendemos a valorar la durabilidad de las cosas y desgraciadamente, por lo general, llegamos a la conclusión de que si no va a ser para siempre o al menos para un largo periodo de tiempo, no merece la pena incluirlo en nuestras vidas.
¿Porqué medimos el valor de nuestras relaciones, vivencias, emociones, etc. en cantidad en lugar de calidad? ¿De verdad nos compensa descartar de nuestras vidas algo que puede ser memorable y maravilloso simplemente debido a que se va a terminar? Es algo que suena terriblemente ridículo, teniendo en cuenta que lo que irremediablemente va a terminar en nuestras vidas es... nuestra vida.
No desaprovechéis la oportunidad de vivir una experiencia inolvidable por el miedo de que en algún momento vaya a terminar. Os diré algo: con seguridad va a terminar. Todo termina en esta vida. Así que vividla.