Desde que puedo recordar, me ha gustado visitar el cementerio. Las idas no eran muy habituales, pero un par de veces al año acudía con mi familia a dejar flores y adecentar las tumbas de mis antepasados.
No sabría explicar exactamente el por qué me resultaban tan placenteros los viajes al cementerio. Supongo que la razón radicaría en un conjunto de factores. Los altos árboles recortados en el cielo, el ligero murmullo de la gente que se encontraba allí, el cálido sol sobre mi piel, la atmósfera de respeto y calma, el sonido de mis pasos entre las tumbas, el color y aroma de las flores que las familias depositaban a sus seres queridos.
Era un lugar en el que no temía deambular y perderme, que algo malo pudiera pasar. Se sentía seguro y pacífico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario