Todos los días observo pequeños actos de amor entre las personas con las que me cruzo por la calle. Un padre que seca las lágrimas de su hija tras hacerse un rasguño en la rodilla, dos amigas que se abrazan para hacerse una foto, una pareja que se da un pasionado beso de despedida.
La mayoría de nosotros tiene al menos a una persona a la que le importa en el mundo, alguien que se preocupa por nuestra felicidad y bienestar. Yo también tengo a personas en mi vida a las que quiero. Sin embargo en ocasiones el amor me resulta tan abstracto e inalcanzable que no soy capaz de creerlo.
Mis demonios juegan conmigo, y no me permiten comprender que la gente pueda llegar a quererme y/o apreciarme. Sí confío plenamente en aquellos que han estado conmigo durante prácticamente toda mi vida, pero en lo que respecta al resto... El amor del resto me resulta complicado. Cuando mi ánimo está en momentos bajos lo llego a percibir hasta como una burla. Mi mente sabe que no tiene sentido, que la gente no fingiría que me aprecia, puesto que no sacan ningún beneficio de ello.
No obstante, mi corazón es de otro parecer. Mi corazón me dice que no es posible que me aprecien y disfruten de mi compañía, que no es posible que toleren a alguien que en ocasiones no tiene nada que decir, fija su mirada al suelo, de espíritu frágil y con poca confianza en ella misma.
Estos dos gigantes se encuentran constantemente en desacuerdo. Cuando mente y corazón llegan a un punto de inflexión, lideran terribles batallas que me dejan a mí, la única soldado presente, tan exhausta como si hubiese peleado contra cientos de enemigos.
Para poder encontrar la paz, debería decantarme por uno de ambos, bien la sabiduría y la lógica de la mente, o la intuición y emotividad del corazón. Lo malo de ello es que, a pesar de que entre ellos nunca existirá un entendimiento, yo estoy de acuerdo con los dos. Ese es el detonante de esta interminable guerra.
jueves, 16 de febrero de 2017
FUTURO INCIERTO
Cada día viene y pasa como una hoja arrastrada por el viento. Algunos repletos de risas y momentos memorables, rodeada por mis seres queridos y sintiéndome completa. Otros... Otros simplemente no merece la pena tan siquiera recordarlos.
El presente es un término que a mi mente le resulta bastante cómodo. Es lo que tenemos ahora mismo, estás viviéndolo, sintiéndolo... Está ocurriendo en este mismo instante.
Para el pasado ocurre más o menos lo mismo, es algo que ya he vivido, y más o menos tengo la certeza de que ha sido real.
Pero en lo que respecta al futuro... eso es otra historia. El futuro inmediato puedo llegar a "verlo", es algo que siento cercano, algo que está en cierto modo más planeado, y cuyas posibilidades de ir mal son menores. Pero el futuro lejano es el que me resulta más extraño, y hace que se formulen múltiples preguntas que en mi cabeza sobre ese tiempo tan incierto y tan oscuro, sin que pueda darles respuesta a ninguna de ellas. ¿Me habré independizado? ¿Tendré tan siquiera un techo en el que vivir? ¿Tendré un trabajo más o menos estable? ¿Me veré abrumada por las facturas? ¿Que será de mis relaciones familiares? ¿Serán iguales? ¿Podré hacer nuevos amigos? ¿Habré perdido a los que tengo ahora?
No es que el futuro lejano me inquiete o me aterre. Me preocupo muchísimo más por los problemas actuales que por lo que pueda pasar en el futuro. Sin embargo lo que mi mente no alcanza a comprender es como tanta gente puede estar tan segura sobre sus futuros. Saben casi a ciencia cierta que tendrán una casa en la que formarán una familia. Cada día acudirán a su puesto de trabajo, y cada tanto tendrán unas maravillosas vacaciones en las que aprovecharán para realizar un viaje al extranjero con su perfecta familia. Cuando se jubilen podrán entonces disfrutar de sus seres queridos y sus aficiones, tranquilos y con buen estado de salud, hasta que llegué el apacible final.
Comprendo que esta visión de futuro otorga muchísima paz y tranquilidad. Es mucho mejor imaginar un futuro en el que todo va bien y no otro en el que pueden existir posibilidades menos agradables.
Aún así me resulta complicado cómo pueden tener toda su vida detalladamente planeada, cuando todo puede irse al traste en un mísero instante. Tan solo en un mísero segundo nuestra vida puede dar un giro de 180 grados, e incluso podemos llegar a perder todo cuánto poseemos.
Creemos erróneamente que estamos al mando, cuando somos meras marionetas del tiempo. Como esas hojas movidas por el viento.
El presente es un término que a mi mente le resulta bastante cómodo. Es lo que tenemos ahora mismo, estás viviéndolo, sintiéndolo... Está ocurriendo en este mismo instante.
Para el pasado ocurre más o menos lo mismo, es algo que ya he vivido, y más o menos tengo la certeza de que ha sido real.
Pero en lo que respecta al futuro... eso es otra historia. El futuro inmediato puedo llegar a "verlo", es algo que siento cercano, algo que está en cierto modo más planeado, y cuyas posibilidades de ir mal son menores. Pero el futuro lejano es el que me resulta más extraño, y hace que se formulen múltiples preguntas que en mi cabeza sobre ese tiempo tan incierto y tan oscuro, sin que pueda darles respuesta a ninguna de ellas. ¿Me habré independizado? ¿Tendré tan siquiera un techo en el que vivir? ¿Tendré un trabajo más o menos estable? ¿Me veré abrumada por las facturas? ¿Que será de mis relaciones familiares? ¿Serán iguales? ¿Podré hacer nuevos amigos? ¿Habré perdido a los que tengo ahora?
No es que el futuro lejano me inquiete o me aterre. Me preocupo muchísimo más por los problemas actuales que por lo que pueda pasar en el futuro. Sin embargo lo que mi mente no alcanza a comprender es como tanta gente puede estar tan segura sobre sus futuros. Saben casi a ciencia cierta que tendrán una casa en la que formarán una familia. Cada día acudirán a su puesto de trabajo, y cada tanto tendrán unas maravillosas vacaciones en las que aprovecharán para realizar un viaje al extranjero con su perfecta familia. Cuando se jubilen podrán entonces disfrutar de sus seres queridos y sus aficiones, tranquilos y con buen estado de salud, hasta que llegué el apacible final.
Comprendo que esta visión de futuro otorga muchísima paz y tranquilidad. Es mucho mejor imaginar un futuro en el que todo va bien y no otro en el que pueden existir posibilidades menos agradables.
Aún así me resulta complicado cómo pueden tener toda su vida detalladamente planeada, cuando todo puede irse al traste en un mísero instante. Tan solo en un mísero segundo nuestra vida puede dar un giro de 180 grados, e incluso podemos llegar a perder todo cuánto poseemos.
Creemos erróneamente que estamos al mando, cuando somos meras marionetas del tiempo. Como esas hojas movidas por el viento.
lunes, 6 de febrero de 2017
ACTÚA DESPUÉS DE LA ESTAMPIDA, NO ANTES.
Realmente sentí una punzada candente en mi corazón cuando descubrí que ella pensaba eso de mí. Mi mente se turbó de tal forma que ya no pude centrarme en nada más durante el resto del día.
He descubierto que alguien a quién aprecio y quiero piensa de mí de forma... No demasiado agradable. En cuanto lo descubrí mis sentimientos empezaron a galopar de forma descontrolada, abalanzándose unos contra otros.
Al principio me sentía profundamente dolida y traicionada. ¿Cómo podía ella pensar así de alguien a quién considera su hermana? ¿Cómo era posible que hablara así de mí a mis espaldas? ¿Cómo podía estar fingiendo durante todo este tiempo que todo iba bien? ¿Por qué no había hecho nada para arreglar aquello que veía mal entre nosotras? ¿Tan poco confiaba en mí? ¿Tan poco significaba para ella?
Durante la noche, ya en la cama, mis sentimientos empezaron a dispersarse un poco, aunque esto no lo hizo mejor. Empecé a sentir como si una losa me aplastara el pecho. El mundo se me caía encima, no quería recordar sus palabras, pero aparecían en mi mente como figuras fantasmales en una habitación oscura. Me dormí a las 4 y media, ahogada por el terror y la incertidumbre de qué pasaría entre nosotras a partir de ahora.
Al día siguiente me costaba mirar sus fotos y las frases de amistad que a lo largo del tiempo me había dedicado. Todo me parecía una baratija falsa y sin valor.
Por suerte, la tormenta en mi interior se apaciguó, y con mi mente y corazón claros y libres de sus demonios, pude pensar racionalmente y llegar a la conclusión final: ella tenía sus motivos para pensar de ese modo, porque yo se los había dado con mi forma de actuar. Sé que no soy perfecta ni mucho menos, mi personalidad es difícil de llevar y mucho más de soportar, así que entiendo que tenga motivos para estar harta. Que piense así de mí no significa que no me quiera o no me aprecie, simplemente que ha llegado a un punto en el que su río de paciencia está a punto de desbordarse gracias a mí.
No obstante, ahora que sé cómo piensa, no voy a permitir que eso la aleje de mí. Gracias a este conocimiento, ahora tengo el poder de reconducir las cosas por el buen camino y que con suerte, en un futuro, todo sea como era antes.
Ciertamente, me alegro de que tras todo lo sucedido no haya sucumbido al resentimiento, la tristeza y la rabia. Me alegro de haber escogido el camino del cambio, la mejora personal y la tolerancia.
He descubierto que alguien a quién aprecio y quiero piensa de mí de forma... No demasiado agradable. En cuanto lo descubrí mis sentimientos empezaron a galopar de forma descontrolada, abalanzándose unos contra otros.
Al principio me sentía profundamente dolida y traicionada. ¿Cómo podía ella pensar así de alguien a quién considera su hermana? ¿Cómo era posible que hablara así de mí a mis espaldas? ¿Cómo podía estar fingiendo durante todo este tiempo que todo iba bien? ¿Por qué no había hecho nada para arreglar aquello que veía mal entre nosotras? ¿Tan poco confiaba en mí? ¿Tan poco significaba para ella?
Durante la noche, ya en la cama, mis sentimientos empezaron a dispersarse un poco, aunque esto no lo hizo mejor. Empecé a sentir como si una losa me aplastara el pecho. El mundo se me caía encima, no quería recordar sus palabras, pero aparecían en mi mente como figuras fantasmales en una habitación oscura. Me dormí a las 4 y media, ahogada por el terror y la incertidumbre de qué pasaría entre nosotras a partir de ahora.
Al día siguiente me costaba mirar sus fotos y las frases de amistad que a lo largo del tiempo me había dedicado. Todo me parecía una baratija falsa y sin valor.
Por suerte, la tormenta en mi interior se apaciguó, y con mi mente y corazón claros y libres de sus demonios, pude pensar racionalmente y llegar a la conclusión final: ella tenía sus motivos para pensar de ese modo, porque yo se los había dado con mi forma de actuar. Sé que no soy perfecta ni mucho menos, mi personalidad es difícil de llevar y mucho más de soportar, así que entiendo que tenga motivos para estar harta. Que piense así de mí no significa que no me quiera o no me aprecie, simplemente que ha llegado a un punto en el que su río de paciencia está a punto de desbordarse gracias a mí.
No obstante, ahora que sé cómo piensa, no voy a permitir que eso la aleje de mí. Gracias a este conocimiento, ahora tengo el poder de reconducir las cosas por el buen camino y que con suerte, en un futuro, todo sea como era antes.
Ciertamente, me alegro de que tras todo lo sucedido no haya sucumbido al resentimiento, la tristeza y la rabia. Me alegro de haber escogido el camino del cambio, la mejora personal y la tolerancia.
BAJO UNA CAPA DE SEGURIDAD
Aquí estoy, debajo de las sábanas, tapada hasta la cabeza. Es estúpido, pero me aísla del mundo. Tan sólo estamos mis pensamientos y yo, en intimidad. Ninguna preocupación, ningún pesar, nadie más que la compañía de mi ser. Todo lo demás queda fuera de las barreras que he alzado a mi alrededor. Al menos, durante esta noche.
Aquí nadie sabe que me siento como un horno. Mis emociones se prenden en mi interior y me quema por dentro. Todo ese fuego desatado crea un odio tan grande que me veo incapaz de contenerlo por mucho más tiempo. Es horrible sentir como te consume por dentro, como cada pequeña acción de menosprecio es como un tronco que alimenta ese fuego hasta crear un incendio de dimensiones descomunales.
Aun así, a pesar de todo ese fuego, prefiero quedarme bajo mis sábanas que enfrentarme a la realidad. Es terrorífica, y agotadora. Especialmente agotadora.
Aquí nadie sabe que me siento como un horno. Mis emociones se prenden en mi interior y me quema por dentro. Todo ese fuego desatado crea un odio tan grande que me veo incapaz de contenerlo por mucho más tiempo. Es horrible sentir como te consume por dentro, como cada pequeña acción de menosprecio es como un tronco que alimenta ese fuego hasta crear un incendio de dimensiones descomunales.
Aun así, a pesar de todo ese fuego, prefiero quedarme bajo mis sábanas que enfrentarme a la realidad. Es terrorífica, y agotadora. Especialmente agotadora.
OBRAS DE TEATRO ONÍRICAS
Cada noche ocurre siempre lo mismo, como si se tratase de una obra de teatro ensayada hasta la saciedad. Me aseo para quitarme de la piel la suciedad de todo el día, me pongo el pijama, me lavo los dientes, me coloco la funda correctora, y me sienta un rato a ver la tele. Más bien a mirarla, porque no le presto verdadera atención a los programas que emiten, salvo que se trate de algo que realmente capte mi interés. Como ese programa de crímenes que emiten por las mañanas, o los documentales sobre historia o misterios.
Pasa el tiempo, y no dejo de mirar el reloj esperando lo inevitable. Las once y media. Las doce menos diez. Las doce y cuarto. Las doce y veinte.
Llega un momento en el que decido que es hora de acostarme, así que me levanto, apago la televisión, pongo todo en orden, apago las luces y me dirijo al dormitorio.
Al principio, en el mismo momento en el que termino de acostarme y taparme, me siento descansada. Necesitaba sentirme cobijada en el pequeño mundo de seguridad que me ofrece la cama. Ahí nada me molesta, nadie me pide nada, nadie me critica, nadie me juzga. Pero ese sentimiento termina pronto. Porque me asusta dormirme. Aunque lo necesito desesperadamente, me aterra. Cada vez que cierro los ojos y me dejo llevar por Morfeo, se crean en mi mente todo tipo de obras cuyo único fin es perturbar mi mente. Discusiones con personas conocidas, bucles de situaciones estresantes, persecuciones, huidas de seres monstruosos, escenas de muerte. Cada noche se emite una obra distinta, y yo soy bien la protagonista principal, o la espectadora. Sea cual sea, no tengo opción de elegir. Cual dado lanzado al aire, sabes que las únicas opciones que pueden darse son del 1 al 6. Mis únicas opciones son observarlo o vivirlo. Ninguna de las dos es de mi agrado.
Cuando me despierto por las mañanas no me siento mucho mejor. Por una parte aliviada, sí, porque esa tortuosa obra ha llegado a su fin (o ha sido cortada de golpe). Pero me siento tan cansada tras éstas que cuando me despierto no me siento capaz de levantarme. No cansada físicamente, podría levantarme sin más y empezar el día. La que se encuentra cansada es mi mente.
He aquí mi maldición de la que, noche tras noche, no veo modo de escapar. Necesito descansar, pero no quiero dormir. Por favor, déjame dormir. Si me duermo, por favor, despiértame.
Pasa el tiempo, y no dejo de mirar el reloj esperando lo inevitable. Las once y media. Las doce menos diez. Las doce y cuarto. Las doce y veinte.
Llega un momento en el que decido que es hora de acostarme, así que me levanto, apago la televisión, pongo todo en orden, apago las luces y me dirijo al dormitorio.
Al principio, en el mismo momento en el que termino de acostarme y taparme, me siento descansada. Necesitaba sentirme cobijada en el pequeño mundo de seguridad que me ofrece la cama. Ahí nada me molesta, nadie me pide nada, nadie me critica, nadie me juzga. Pero ese sentimiento termina pronto. Porque me asusta dormirme. Aunque lo necesito desesperadamente, me aterra. Cada vez que cierro los ojos y me dejo llevar por Morfeo, se crean en mi mente todo tipo de obras cuyo único fin es perturbar mi mente. Discusiones con personas conocidas, bucles de situaciones estresantes, persecuciones, huidas de seres monstruosos, escenas de muerte. Cada noche se emite una obra distinta, y yo soy bien la protagonista principal, o la espectadora. Sea cual sea, no tengo opción de elegir. Cual dado lanzado al aire, sabes que las únicas opciones que pueden darse son del 1 al 6. Mis únicas opciones son observarlo o vivirlo. Ninguna de las dos es de mi agrado.
Cuando me despierto por las mañanas no me siento mucho mejor. Por una parte aliviada, sí, porque esa tortuosa obra ha llegado a su fin (o ha sido cortada de golpe). Pero me siento tan cansada tras éstas que cuando me despierto no me siento capaz de levantarme. No cansada físicamente, podría levantarme sin más y empezar el día. La que se encuentra cansada es mi mente.
He aquí mi maldición de la que, noche tras noche, no veo modo de escapar. Necesito descansar, pero no quiero dormir. Por favor, déjame dormir. Si me duermo, por favor, despiértame.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)