Durante los más oscuros y terribles pensamientos, cuando me siento invadida por la tristeza y la desesperanza, es cuando me sacude la certeza de que realmente nunca voy a ser feliz.
No puedo decir que mi vida sea mala en absoluto, si no todo lo contrario. Tengo una maravillosa familia que me quiere y me apoya, amigos en los que confiar, un techo bajo el que puedo cobijarme, comida y agua frescas, y algún que otro capricho que me doy a mí misma de vez en cuando. Así que puedo afirmar que sí soy feliz, pero nunca lo seré por completo.
Por mis circunstancias personales y por las mismas limitaciones físicas del mundo y universo en el que vivimos, sé que jamás podré experimentar todo lo que mi corazón y mi alma profundamente anhelan. Todas esas fantasías dignas de la mente más creativa y perturbada, capaz de crear criaturas misteriosas y personajes tétricos. Todas esas vidas extravagantes, plagadas de actos sociales en los que coincidiría con personas sumamente interesantes, o en las que huiría muy lejos de la civilización y conviviría con grupos de animales. Todas esas habilidades que tras años y años de práctica y esfuerzo alcanzarían su máximo potencial. Todos los olores, sonidos, tactos y sabores desperdigados por el mundo, capaces de despertar en mis sentidos placeres indescriptibles.
Todas esas emociones que sencillamente, jamás saldrán de mi mente.
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