Todos los días observo pequeños actos de amor entre las personas con las que me cruzo por la calle. Un padre que seca las lágrimas de su hija tras hacerse un rasguño en la rodilla, dos amigas que se abrazan para hacerse una foto, una pareja que se da un pasionado beso de despedida.
La mayoría de nosotros tiene al menos a una persona a la que le importa en el mundo, alguien que se preocupa por nuestra felicidad y bienestar. Yo también tengo a personas en mi vida a las que quiero. Sin embargo en ocasiones el amor me resulta tan abstracto e inalcanzable que no soy capaz de creerlo.
Mis demonios juegan conmigo, y no me permiten comprender que la gente pueda llegar a quererme y/o apreciarme. Sí confío plenamente en aquellos que han estado conmigo durante prácticamente toda mi vida, pero en lo que respecta al resto... El amor del resto me resulta complicado. Cuando mi ánimo está en momentos bajos lo llego a percibir hasta como una burla. Mi mente sabe que no tiene sentido, que la gente no fingiría que me aprecia, puesto que no sacan ningún beneficio de ello.
No obstante, mi corazón es de otro parecer. Mi corazón me dice que no es posible que me aprecien y disfruten de mi compañía, que no es posible que toleren a alguien que en ocasiones no tiene nada que decir, fija su mirada al suelo, de espíritu frágil y con poca confianza en ella misma.
Estos dos gigantes se encuentran constantemente en desacuerdo. Cuando mente y corazón llegan a un punto de inflexión, lideran terribles batallas que me dejan a mí, la única soldado presente, tan exhausta como si hubiese peleado contra cientos de enemigos.
Para poder encontrar la paz, debería decantarme por uno de ambos, bien la sabiduría y la lógica de la mente, o la intuición y emotividad del corazón. Lo malo de ello es que, a pesar de que entre ellos nunca existirá un entendimiento, yo estoy de acuerdo con los dos. Ese es el detonante de esta interminable guerra.
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