Cada noche ocurre siempre lo mismo, como si se tratase de una obra de teatro ensayada hasta la saciedad. Me aseo para quitarme de la piel la suciedad de todo el día, me pongo el pijama, me lavo los dientes, me coloco la funda correctora, y me sienta un rato a ver la tele. Más bien a mirarla, porque no le presto verdadera atención a los programas que emiten, salvo que se trate de algo que realmente capte mi interés. Como ese programa de crímenes que emiten por las mañanas, o los documentales sobre historia o misterios.
Pasa el tiempo, y no dejo de mirar el reloj esperando lo inevitable. Las once y media. Las doce menos diez. Las doce y cuarto. Las doce y veinte.
Llega un momento en el que decido que es hora de acostarme, así que me levanto, apago la televisión, pongo todo en orden, apago las luces y me dirijo al dormitorio.
Al principio, en el mismo momento en el que termino de acostarme y taparme, me siento descansada. Necesitaba sentirme cobijada en el pequeño mundo de seguridad que me ofrece la cama. Ahí nada me molesta, nadie me pide nada, nadie me critica, nadie me juzga. Pero ese sentimiento termina pronto. Porque me asusta dormirme. Aunque lo necesito desesperadamente, me aterra. Cada vez que cierro los ojos y me dejo llevar por Morfeo, se crean en mi mente todo tipo de obras cuyo único fin es perturbar mi mente. Discusiones con personas conocidas, bucles de situaciones estresantes, persecuciones, huidas de seres monstruosos, escenas de muerte. Cada noche se emite una obra distinta, y yo soy bien la protagonista principal, o la espectadora. Sea cual sea, no tengo opción de elegir. Cual dado lanzado al aire, sabes que las únicas opciones que pueden darse son del 1 al 6. Mis únicas opciones son observarlo o vivirlo. Ninguna de las dos es de mi agrado.
Cuando me despierto por las mañanas no me siento mucho mejor. Por una parte aliviada, sí, porque esa tortuosa obra ha llegado a su fin (o ha sido cortada de golpe). Pero me siento tan cansada tras éstas que cuando me despierto no me siento capaz de levantarme. No cansada físicamente, podría levantarme sin más y empezar el día. La que se encuentra cansada es mi mente.
He aquí mi maldición de la que, noche tras noche, no veo modo de escapar. Necesito descansar, pero no quiero dormir. Por favor, déjame dormir. Si me duermo, por favor, despiértame.
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