No cabe duda alguna de que estamos plenamente inmersos en la era de la información. Lo que antaño estaba reservado a unos pocos privilegiados, hoy por hoy se encuentra al alcance de prácticamente cualquier persona. Con tan solo teclear unas pocas palabras, obtendremos cientos de miles de posibles soluciones y respuestas a nuestras incertidumbres más profundas. En principio parece algo que tan solo puede aportar bien. No obstante, como la vida misma, tiene también su parte oscura.
No solamente somos receptores de la información que deseamos, si no también de mucha que no nos interesa en absoluto, e incluso que llega a crearnos cierto malestar. Recibimos noticias desde los rincones más recónditos del planeta, y entre todas ellas, siempre habrá al menos una que trate algún suceso desagradable.
La recepción constante de información no nos permite procesarla debidamente, menos aun si esta está relacionada con malas noticias. Esto ha hecho que algo se apague en nuestro interior con tal de preservar nuestro buen estado mental. Pero a qué coste. Nos ha costado el estar anestesiados antes la desgracia del resto de seres humanos. Somos capaces de estar comiendo tranquilamente mientras vemos como una ciudad entera se inunda. Podemos estar reunidos en familia mientras escuchamos la reciente desaparición de una joven. No nos turba el sueño el noticiario de la noche, en el que han mostrado las imágenes de un asesino.
El acceso constante a la desgracia y la desesperación nos ha quitado un poco de humanidad.
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