Durante esas noches de verano en las que ni una sola nube se atreve a cruzar el cielo, me tumbo a observar las estrellas. Es una actividad que me imbuye de una calma inmensa, aunque también ocurre algo extraño y complicado de explicar. Reduce toda mi realidad a ese momento exacto, como si el resto del mundo dejara de existir por completo, pero al mismo tiempo siento todo cuanto me rodea; la firmeza del suelo bajo mi espalda, la fresca brisa nocturna sobre mi piel, el olor a humedad, el sonido de las hojas de los árboles, el canto de los grillos, los pocos automóviles que pasan veloces, mi respiración lenta y pausada.
Mi mente viaja lejos, muy lejos de este mundo y me pregunto qué habrá más allá de los límites establecidos por esta realidad. Hay tanto por saber y tanto por descubrir ahí fuera que ni siquiera un millón de años bastaría para ello. Podría tratarse de cualquier cosa que la mente humana pueda llegar a imaginar... O incluso todo aquello que no podemos ni tan siquiera soñar con imaginar. Podría existir otro mundo exactamente igual a este, con las mismas personas pero con otras vidas totalmente diferentes. Tal vez exista un mundo lleno de seres fantásticos, de brillantes colores y curiosas formas, con habilidades que les permitieran realizar auténticas proezas. De hecho, sería posible incluso que no existiera nada más en absoluto. Son incontables las posibilidades, todas ellas prometedoras y terroríficas al mismo tiempo.
Y así todo se reduce a ese preciso momento, en el que nada más que toda la inmensidad del cosmos me rodea y el resto del mundo y la realidad desaparecen. Desearía que esta sensación durara para siempre.
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