En un paseo de una hora podemos llegar a cruzarnos con cientos de personas, distinta y única cada una de ellas. Observamos sus ropas, su estilo, la forma de su rostro, el color de sus ojos, el movimiento de sus brazos al andar, el sonido de sus voces, o quién los acompaña.
Aunque no sólo nos interesa aquello que se percibe a primera vista, ya que también nos preguntamos sobre sus vidas: ¿A qué se dedicaran? ¿Cuáles serán sus aficiones, sus sueños, sus preocupaciones? ¿Tendrán una gran familia? ¿Habrán vivido siempre en esta ciudad? ¿Serán felices? ¿A qué le temerán más en esta vida? ¿Cómo eran cuando eran niños? ¿Estarán enfermos? ¿Cuándo y debido a qué morirán? ¿Nos estarán analizando de la misma forma que nosotros lo hacemos con ellos?
Y tras esa última cuestión me da la impresión de que salgo flotando de mi cuerpo y me observo a mí misma desde fuera. Veo a otra de las personas que forman parte de la multitud, una persona que dentro de todos ellos no significa mucho, pero que individualmente es un pequeño universo.
Las multitudes matan a la individualidad, y dentro de la sociedad es algo que ocurre demasiado a menudo.
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