Tendemos a hablar de las personas tóxicas como si ello no fuera con nosotros. Nos desequilibran, nos llenan de sentimientos nocivos, y nos provocan ansiedad y estrés. Son personas que desestabilizan por completo nuestra vida, por lo que se torna necesario expulsarlas de ella lo más rápido posible. En cuanto esto sucede, el problema está en teoría solventado. La calma vuelve tras la tormenta, todo se reestructura y continuamos el camino sin esa persona. Pero aquí es necesario preguntarse...
¿Estamos seguros de que realmente era esa persona la que resultaba ser tóxica? ¿O más bien se trata de encontrarse inmerso en un relación tóxica?
No nos vamos a llevar bien con todo el mundo. De entrada esto es algo, si no imposible, al menos improbable. En ocasiones nuestras personalidades colisionan, y no es algo ni mucho menos planeado, ni que nos apetezca iniciar una relación desde la enemistad, si no que, simplemente, es una unión que no resulta beneficiosa para ninguna de las dos partes.
La parte complicada es cuando dos personas se aprecian y quieren, pero por circunstancias que escapan de su control, la relación termina siendo destructiva para ambos. Se intentarán buscar soluciones y alternativas para que mejore, o para que al menos el mal no sea tan grave, pero en ocasiones no habrá salida posible. Y tan doloroso es continuar con esa relación, como terminarla.
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