Aburrir.
Poca gente usa este verbo de forma positiva. En cuanto algo nos resulta tedioso o nos encontramos desprovistos de entretenimiento, al instante nos inunda esta terrible emoción. Nos sumergimos de lleno en un periodo de pasividad en el cual la inquietud comienza a entrar en ebullición, el tiempo se enlentece de tal manera que hasta se siente en el ambiente, y finalmente la soñolencia amenaza con darnos caza y llevarnos a las tierras de Morfeo.
Sin duda el aburrimiento está reñido con el amplio abanico de estímulos que nos ofrece la sociedad actual de forma constante. A todo momento y en todo lugar. Sí, incluso donde creas que se halla tu remanso de tranquilidad. En lo que respecta a la urbe, se puede decir que se trata de una fábrica incesante de estímulos: el claxon de los coches, la gente charlando en las tiendas, aviones sobrevolando nuestras cabezas, niños que van y vienen del colegio, taladros martilleando las aceras. Nuestros hogares no están exentos de esta algarabía, puesto que pocas veces podemos gozar del silencio si están en marcha la televisión, la radio, la lavadora, el horno, la nevera... Incluso estando solos llega hasta nuestros oídos de forma atenuada todo lo que ocurre fuera.
¿Qué ocurre pues, cuando, milagrosamente, llega un momento en el que no está sucediendo absolutamente nada a nuestro alrededor y no encontramos actividad que llevar a cabo? No tan solo nos aburrimos, si no que no somos capaces de procesar tal emoción. Estar constantemente expuestos a estímulos provoca que la ausencia de ellos nos haga sentir, además, angustia, inquietud, y la sensación de estar perdiendo el tiempo.
La no eventualidad es algo que forma parte de la vida, y debemos aceptarla. No siempre ocurrirá un suceso a nuestro alrededor, y esto es perfectamente normal. Nuestro cuerpo y nuestra mente necesitan esa paz cada cierto tiempo. Necesitan ese momento de pausa para, simplemente, disfrutar el momento, para meditar, para pensar, para no hacer nada. Está bien que nos aburramos de vez en cuando.
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